La evaluación educativa en pandemia: más atención en la siembra que en la cosecha.

Por Claudia Liliana Perlo

Dra. En Educación. Investigadora IRICE- Conicet - UNR


Confieso al lector que las ideas que aquí les comparto no son nuevas, las escribí hace seis años. Nunca fueron publicadas hasta el día de hoy, quizás estaban a destiempo. Si fueron difundidas entre mis alumnos, con los que jugaba en clase a un interesante ejercicio de imaginación. ¿Qué pasaría si algún día desapareciera la evaluación de la escena educativa? Es más, ¿Qué sucedería  en la escuela, si sólo se tratase de aprender? Mantuvimos entretenidas conversaciones, evocando los enfoques constructivistas que definen una evaluación procesual, continúa y formativa, aunque en los períodos de marzo, julio y diciembre se continúe esperando que el estudiante dé cuentas de los conocimientos aprendidos. De este modo aunque en fuerte crisis, ¡el modelo positivista da su presente! y la evaluación se pone de relieve con sus supuestos de prueba, demostración, verdad y error, prevaleciendo por sobre el aprendizaje. Históricamente la evaluación viene ocupando esta supremacía en los sistemas educativos modernos, ligados a un modelo productivista, economicista que empobreció el aprendizaje, en tanto proceso vital y experiencial, relegándolo a “un rendir cuentas a otro”.

Hoy la pandemia nos ubica en un contexto, que se ha denominado de excepcionalidad pedagógica (Rivas, 2020), la escena lúdica de mis aulas, al mejor estilo de Alicia en el país de las maravillas, saltó de mi imaginación a la reciente decisión del Consejo Federal de Educación, de postergar esta privilegiada tarea hasta el próximo ciclo escolar. “Ningún alumno repetirá el año”, frase que por estos días provocó retomar viejas controversias.

En la educación formal la evaluación siempre ha estado ligada a la “calificación”. Según la Real academia española qualificare en una primera acepción del término significa apreciar o determinar las cualidades o circunstancias de alguien o de algo. En otra acepción  también significa Juzgar el grado de suficiencia o la insuficiencia de los conocimientos demostrados por un alumno u opositor en un examen o ejercicio”. Los debates que por estos días escuchamos giran en torno a esta última acepción, que se tensa en el veredicto: sabe o no sabe para obtener una promoción. Los supuestos onto-epistemológicos que sustentan estas posturas son los mismos que venimos analizando en el contexto de esta pandemia: control y punición. En síntesis, se trata de una degradación del proceso vital que supone la cognición. Si se busca “dar cuenta de lo que se conoce” debemos recordar que el conocimiento no es un producto del mercado, sino una actividad vital de los seres vivos. (Maturana, Varela, 1984)

Teniendo en cuenta que hace ya más de medio siglo hemos concebido a la educación con un fin emancipador (Freire, 1967) y que más aún a umbrales del siglo XXI, la Unesco (1994) definió que esta práctica social encierra un tesoro, en tanto se trata del desarrollo de las potencialidades de las personas, necesitamos más que nunca dar un fuerte viraje en esta cuestión y poner más atención en la siembra que en la cosecha.

Este contexto nos brinda una posibilidad única para volver a pensar una educación biocéntrica, esto es centrada en la vida, donde la evaluación recupere el sentido del aprecio y la cualidad y diluya el juicio, la demostración y la oposición. Con ello, la búsqueda de conocimiento saldrá de la ajenidad que provoca el “rendir cuentas a otro” para recuperar la apropiación del aprendizaje ligado a la profundidad de la vida, que hoy se encuentra en riesgo.

El cometido de esta reflexión, como lo han sido las anteriores publicadas en este medio, busca invitar a un diálogo transformador de los espacios educativos que co-construimos, con el deseo y la esperanza que dichos espacios además de obligatorios, sean gestores de nuevos sentidos del mundo, para nuestros estudiantes y para nosotros mismos.